La piedra blanca y las huellas en la arena

Brinco.
Sigo.
Recuerdo.

Hay días en que uno se levanta sin saber.
Sin saber para qué está haciendo lo que hace.
Sin claridad. Sin norte. Sin la fuerza que ayer parecía obvia.

Y sin embargo, se levanta.
Se sienta.
Respira.
Escribe.

Eso fue lo que hice yo.
No para encontrar respuestas, sino para vaciarme de todo lo que ya no sirve.
La duda. El temor. El olvido de quién soy realmente.

Porque a veces —muchas veces— la claridad se esconde.
Y uno siente que camina sobre arena suelta.
Cada paso deja una huella, pero también una pregunta:
¿importa realmente lo que estoy haciendo?

Y justo ahí, entre ese no saber y el acto de seguir,
vino una imagen:
yo de niño, brincando de huella en huella,
siguiendo los pasos de mi papá en la playa.

Mi papá caminaba adelante,
sin mirar atrás, confiado.
Yo, con los pies pequeños,
brincaba tratando de calzar justo en sus pasos.
Jugaba a ser grande.
Jugaba a seguir.

En ese juego simple,
había algo verdadero:
una dirección,
una confianza prestada,
una forma de avanzar sin tener que inventarme el camino.

Hoy entiendo:
no era solo un juego.
Era un acto sagrado.
Una comunión silenciosa entre padre e hijo.
Una memoria que se sembró sin saberlo.

Y justo cuando esa imagen volvió,
recordé también algo que hace tiempo encontré en la playa:
una piedra blanca,
quieta,
inmóvil,
que me llamó sin palabras.

La guardé sin razón.
Pero hoy la entiendo.
Era una señal.
Una de esas cosas que no se explican, pero se sienten.
Como Amor.
Como Presencia.
Como la certeza que a veces se nos olvida.

Las huellas en la arena se desvanecen.
El viento, el agua, el tiempo… todo las borra.

Pero no el gesto que las dejó.
No la intención.
No el amor que guiaba ese paso.

Porque lo importante no es que la huella dure,
sino que haya sido dada con presencia.
Con verdad.
Con un “sí” silencioso al camino, aunque no esté claro el destino.

La piedra blanca sigue aquí.
Inmóvil.
No necesita dejar marca.
Es marca.
Ancla.
Memoria viva de algo que se reconoció por dentro.

Y en ese contraste —entre lo que se borra y lo que permanece—
descubro lo que sostiene:

Una voz.
Un gesto.
Una Presencia que a veces parece lejos,
pero que es justo la que me carga cuando ya no puedo más.

Amor no siempre se siente como una sombra al lado.
A veces es quien camina por mí.
Y otras veces,
es el nombre secreto que escribo en la arena
cuando por fin me reconozco.

Hoy no vine a llenar.
Vine a vaciarme de lo que ya no sirve.

Y en ese acto simple —sentarme, escribir, escuchar—
recordé lo esencial:
que no camino solo,
que hay pasos que me sostienen,
y que mi propia voz, aunque a veces se apague,
sigue viva.

Yo soy,
porque Ella —Amor— vive en mí.

No necesito entenderlo todo.
Solo necesito no olvidarlo.
Y por eso escribo.
Para recordarme quién soy.

Si vos también te sentís perdido,
si todo parece incierto,
quizás este sea tu momento de parar.
De sentarte.
De respirar.
De recordar.

Tal vez ya dejaste una piedra blanca en el camino.
O tal vez hoy es el día de soltar una.
No para otros.
Sino para vos.
Para que, cuando el mar borre las huellas,
sepas dónde volver.

Seguimos.

Jean-Paul Cortés